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Comillas
Que si fue cosa de indianos, cosa de empresarios un poco oscuros que buscaban refugio, de advenedizos que querían estar pegaditos a Alfonso XII –una especie de Sintra– y del marqués… De todo se puede escuchar en esta vida. Comillas equivale a Antonio López López, a mansiones decimonónicas, a modernismo, a universidad casi en desuso, a paso de la ruta jacobea, a menos paseantes que en Santillana, a hermosas olas y a antaño.
Santillana del Mar siempre gana a Comillas en los concursos de misses, pero es que ésta es más discreta y sobria, quizá más noble. El marqués de Comillas, don Antonio López López, vino a dar aquí después de hacerse muy rico en otras tierras. Por amistad o porque sí, el rey Alfonso XII se hace habitual de los veranos en Comillas y, cosa rara, muchos nobles toman piso por aquí, en alguna parte se lee que era por las playas y por ser buen lugar para descansar. Como los veranos de Marbella, por poner semejanzas.
En fin, se traduce hoy en pocos pero certeros recursos monumentales y casonas y mansiones que acompañan el recorrido haciendo levantar la vista. Para empezar, porque además se aparca muy cerquita, el Palacio de Sobrellano, el que da prestancia. Mezcla de tendencias, desde luego no es monótono en un interior con tal acumulación de obras de arte y mobiliario, incluso de Gaudí, y un exterior grandioso, que diría algún cursi. El Palacio es, digamos, generoso en sus relieves y en todo. A pocos metros se esconde la capilla-panteón, casi un pequeño palacio o iglesia, con esculturas de autores catalanes y una capilla bien hermosa.
Muy cerca, ya en dirección al centro de Comillas, el Capricho de Gaudí. También una construcción de finales del XIX, siguiendo los planes del genial, era residencia de verano del cuñado del marqués. Es como todo lo de Gaudí: imposible y perfecto. Edificio principal y torre están revestidos de cerámicas coloridas, en su mayoría de motivos vegetales y representaciones difíciles de interpretar, sobre todo en el friso. El Capricho, tan delicado, es ahora restaurante.
Ya en el interior de la localidad, si se quiere después de una breve visita a la Universidad Pontificia, que también inició el marqués y hoy sólo acoge cursos en verano porque los jesuitas trasladaron a Madrid la docencia –además, no se visita el interior–, se puede pasar por la Fuente de los Tres Caños e ir a dar a la Iglesia de San Cristóbal. Dicen que la erigieron los propios habitantes y hasta la pagaron, reservando un día cada semana para trabajar en las obras, así se explica que tardara casi ochenta años en estar acabada. Eso gusta, impresiona.
Más allá de la iglesia está el antiguo ayuntamiento y ya un rosario de casonas y mansiones, vaga herencia de otra época –más noble, se entiende– de más exhibición económica. Pero bien conservado todo porque las sucesivas corporaciones y los propietarios han puesto empeño. Queda ya ver y detenerse al detalle, bajar hasta la playa y al llamativo cementerio, y todo se puede hacer más o menos con calma porque hay mucha más gente en Santillana pegándose por los mismos adoquines y el mismo espacio en las tiendas de motivos. Esta vez nos quedamos con Comillas, un Curro Romero del turismo cántabro. Por cierto, ¿cuál es el gentilicio de los habitantes de Comillas?

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