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Turín
La vieja burguesa
Guillermo Piernavieja
Fotos: Fototeca ENIT
Turín está orgullosa de ser el principio de Italia como nación unificada. Arquitectos como Arata Isozaki, Gae Aulent y Arnaldo de Bernardi han colaborado hasta hace unos meses en la nueva imagen de Turín para los Juegos Olímpicos de Invierno que se celebraron el año pasado. Ha sido un lavado de cara y cuerpo profundo, después de una década casi a diario en los medios por las peripecias de la Fiat y la Juventus. Desde la más pulcra biblioteca hasta la Catedral, todo se puso al servicio de un evento que cuajó y dejó considerables ingresos.
Económicamente ha perdido fuerza frente a las poderosas Milán o Roma, y estar tan al norte la perjudica para el turismo que prefiere Venecia, Florencia o la capital. La fiebre industrial del XX se vivió con la familia Agnelli dando empleo a miles y miles de personas, hasta la crisis de esa Fiat tan famosa y de aquí como los Saboya o las elucubraciones de Nostradamus, que también vivió en Turín. La vieja ciudad burguesa es barroca y modernista: Palazzo Reale, Piazza Castello, Palazzo Madama, el Quadrilatero Romano,… Ahora la Mole Antonelliana es el símbolo de la ciudad, la foto de las guías. Mole porque es gigantesca, se ve desde todas partes. Debe su nombre a Antonelli, su constructor en el XIX, y su original servicio era el de sinagoga pero los judíos de Turín se quedaron cortos de dinero. En la actualidad es sede del curioso Museo del Cinema.
También se enorgullece del Museo Egipcio, el segundo mejor tras el de El Cairo, pero a mí hay dos cosas que me pierden: la Sábana Santa y el autorretrato de Leonardo da Vinci, sí, el realizado con sanguina. La Sindone es cuestión de fe, lo único que parece obvio es que sigue siendo un misterio si fue o no el sudario con el que envolvieron a Cristo, guardado en la Catedral desde el XVI. Se puede ver una réplica, aunque se espera que en 2025 de nuevo se exhiba unos pocos meses el original. Y el autorretrato es el otro gran misterio; por supuesto, asombra el detalle anatómico tan preciso y que tengamos presente la cara del maestro, pero a los que nos gustan esas historias nos encanta pensar, como la famosa teoría, que la cara de la Mona Lisa es la de Leonardo.

Tierra de tradiciones
Un conocido diseñador de moda español floreaba el año pasado sobre Turín: “…con sus soportales afrancesados y sus delicadas palomas picoteando…”. No, las palomas de Turín son guarras y tontas como las de todo el mundo. No es manía a las palomas o al diseñador, es que esa hermosa frase equivoca Turín: no es delicada, sí rica y en un tiempo afrancesada y aún barroca.
El tiempo se va en el mercado de Porta Palazzo, el Castello de Rivoli –una de las residencias de los Saboya–, la Basílica di Superga y el Palazzo Madama, parte medieval y parte barroca. También en la Catedral, renacentista y construida sólo en nueve años, con un cam panario de Juvarra y reproducción de ‘La última cena’ sobre la puerta principal.
Quizá más que por ser turineses, es que los piamonteses son peculiares. Arraigados, educados, un poco metódicos y tradicionales. Algo enigmáticos, como el nacimiento del Po, que cruza todo el Piamonte. Lo plasmó Cesare Pavese y hasta parece que Hemingway en ‘Adiós a las armas’, aunque más bien por los lagos. Por cierto que en Turín se suicidó Pavese.
El Piamonte (‘pie de monte’) es la segunda mayor región de Italia, protegida –y separada de Francia– por los Alpes a un costado y justo al norte por el Valle de Aosta. También lo han llamado ‘la Italia más romántica’, aunque va en gustos. Es una tierra profunda, de viñedos, tradiciones y creencias, palacios, lagos, montaña y Po, el río de los crucigramas.
Turín presume del aperitivo como rito, el vermú, el Martini que es de aquí, el descanso de mediodía, que casi nadie perdona en la ciudad. Más que la bebida, lo importante es la parada, el encuentro, mejor en un local histórico o uno de los modernos del Quadrilatero. Y ese chocolate turinés… Sapori di un tempo, la difícil resistencia a probar un cioccolato di Torino, con dos especialidades: gianduiotti (avellanas del Piamonte cubiertas de chocolate) y bicerin (bebida de café, chocolate y crema de leche). Incluso el año pasado, para los Juegos Olímpicos Invernales, Turismo Torino lanzó el ‘Chocopass’, un carné para degustar en cualquier punto todas las especialidades de chocolate durante el período olímpico, con precios desde 10 hasta 20 euros, según lo goloso del consumidor.
Guía práctica
| Cómo
llegar |
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Iberia (902 400 500, www.iberia.com) tiene vuelos diarios, aunque también se puede volar, por ejemplo, con Alitalia (www.alitalia.es). El vuelo desde Madrid apenas dura dos horas. |
| Qué comer |
La trufa blanca piamontesa está presente en numerosos platos –también en bebidas–, especialmente de carne. Se pueden comer pescados como en cualquier parte de Italia, pero la carne manda en muchos restaurantes, en salsa, a la brasa… Cocina mediterránea y cocina de lujo, mejor en el centro de la ciudad. El vino del Piamonte y el queso, además del chocolate y el Martini, son el eterno acompañamiento de la mesa. Lo mejor es guiarse por la vista. |
| Dónde dormir |

Muchos hoteles medios y familiares han sido remodelados en los dos últimos años para estar listos ante la cita Olímpica y han quedado en perfecto estado, incluso mejor que alguno de categoría superior. Las recomendaciones pueden ir de los más lujosos (Grand Hotel Sitea o Le Meridien Lingotto) a los de cuatro y cinco estrellas (Hotel Piemontese, Turín Palace Hotel y Hotel Nazionale Torino) y los medios (Hotel des Artistes o el Amadeus). |
| Más información |
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