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Venecia
El gusto es mío
Nueva York, París y Venecia son, posiblemente, las tres ciudades del mundo más fotografiadas. Al menos, incluso el que nunca haya estado en ella, sabe cómo son y cuáles sus iconos. Descubrir Venecia a estas alturas no tiene mérito, pero para los que hemos ido varias veces, aunque sólo sea un ratito, siempre ofrece algo nuevo, siempre una imagen distinta.
Guillermo Piernavieja
La primera vez que la visité, casi veinte años atrás, me acogió con lluvia machacona, frío y una luz tan gris que encoge el sentimiento. Ni un minuto dejó de llover aquellos días, y menos mal que las aguas habían descendido ese marzo traicionero y la Plaza de San Marcos se podía transitar. Eso sólo pasa en el invierno; Shakespeare, ya en el primer acto de El Mercader de Venecia, no escatima un guiño a la belleza de la ciudad en boca de Solanio y Solarino. Otro clásico para el viajero es Marco Polo, el pionero, y punto. Los estudiosos atribuyen gran parte de su mérito a su espíritu aventurero, y otra a su Venecia natal, que en pleno siglo XIII era modelo de ciudad y patria de impetuosos.
Venecia es el milagro de suspenderse sobre las aguas, es irreal que la gente se traslade en barcas, es tan peculiar que siempre reluce en nuestro imaginario.
El mito del siglo
Por la noche decae, Venecia se esconde y no se divierte como en los años veinte. En verano y una parte de la primavera tiene algo de respiración, pero el invierno nocturno es triste y el veneciano y el forastero se retiran a esperar la llegada del día; lástima que el ruido de los años veinte desapareciera, cuando era destino de veraneantes ricos y obsequio para el cazador de inspiración, de Byron a Monet y Dalí, de Hemingway a Sand. Es más sencillo eliminar de la lista a los artistas que nunca pisaron Venecia que a los que han acudido en busca de coreografías para el cerebro.
El hotel Danieli, en la orilla del Gran Canal, siempre ha sido el predilecto para pintores y escritores y lugar de encuentro para la alta sociedad. El hotel continúa, aunque no en esa competición para atraer a artistas y multimillonarios que a su vez se pegaban por organizar las fiestas más sonadas, con Coco Chanel de estrella esperada, dejando un paso atrás a la Costa Azul francesa. Aquello acabó y en cambio Venecia gana visitantes cada año, unos por pisar escenarios de película y de literatura, y los más por la belleza, por el arte mil veces representado y el cortejo del agua.
Parte del romanticismo se le debe agradecer a un tal conde de Brandolin, alcalde de la ciudad en los años veinte, que se afanó en promocionarla como se hace ahora en cualquier parte: unas caras conocidas equivalen a atraer curiosos y advenedizos con ganas de participar. Lo consiguió y viajeros de todo el mundo acudieron por sus tesoros artísticos y las comodidades que empezaron a venderse como destino vacacional, hasta por las playas del Lido, con el hotel Excelsior detrás.
También atrae la Bienale a un ejército de personas desde la ‘I Mostra del Cinema di Venecia’, de 1932. La presidía el conde de Misurata, que hizo bien al entender que la presencia de actores y actrices en el Lido sería en el futuro otro reclamo.
Hoy, a los venecianos que viven en la ciudad no les queda más remedio que enfrentarse a las hordas de turistas y a la incomodidad de la vida en calles de agua. Pero admiten que sin turistas Venecia estaría muerta.
Del Gran Canal al Florián
El eje de la ciudad y de la vida. Mantiene, como toda Venecia, el mismo corte que en el XVI, cuando vivió sus mejores tiempos, y que en época de Marco Polo del que, por cierto, me pregunto qué le llevó a abandonarla tanto tiempo.
El Gran Canal es la calle más bella del mundo, ha dicho más de un pintor. Pero es necesario ver los estímulos de la Plaza de San Marcos, de la Galleria della Academia y las cúpulas de Santa Maria della Salute, y que el viaje no quede tuerto sin sumergirse en el laberinto de callejuelas en dirección a la Via Garibaldi, hasta la Iglesia de San Pietro di Castello. O en sentido opuesto, hacia el Palacio Ca’ d’Oro. Mejor nada más despuntar el día.
Perche si sacrifica in tale modo?, si cada vez hay menos góndolas y más lanchas rápidas por los canales. El gondolero responde que Venecia tiene que tener góndolas, sin ellas no merece la pena Venecia, no es bella.
La Plaza de San Marcos es el puro centro de la ciudad, donde se yerguen la basílica, el palacio y la Torre del Reloj o Campanile. En plena plaza, el Florián, el café más clásico, el del capuchino con Vivaldi, el de cóctel tras cóctel de Hemingway.
De la Basílica, qué decir: los mosaicos del XIII de su fachada y los relieves del pórtico principal, 4.000 metros cuadrados de mosaico de oro en el interior, la sala del Tesoro. Dulce en sus formas y ángulos. La primera basílica se construyó en el IX al llegar las reliquias del evangelista, que pasó a ser patrón de la ciudad. Un incendio acabó con ella y lo más antiguo que vemos hoy es del siglo XI. La actual está envuelta en mármol. Resulta frío resumir todo en breves líneas.
A su costado está el Palacio Ducal, construido entre los siglos XIV y XV, antigua sede del gobierno de la República Serenísima de Venecia. Las arcadas, en dos alturas, y galerías que aguantan el peso del piso superior son un imperio de resplandor cuando llega la luz del amanecer en la Riva degli Schiavoni.
Frente a San Marcos, al otro lado del canal, vela Santa Maria della Salute, erigida en 1630 en agradecimiento a la Virgen por el fin de una implacable epidemia de peste, y más allá la Academia, imperdonable no visitarla el que ame la pintura. Y e n otro costado de la Plaza el Puente Rialto, otra de las estampas. Fue construido en el XVI y durante más de dos siglos era el único paso entre las orillas del Gran Canal. Rialto es el nombre del primer barrio habitado de Venecia, el que sus primeros moradores consideraron el punto más elevado de la ciudad, por eso proviene de Rivo Alto. El actual puente es obra de Antonio de Ponte; tres años tardó en construirse para sustituir al anterior, de madera, que se hundió por el peso de tanta gente como asistió a ver al duque de Ferrara. Tiendas de recuerdos ocupan su parte central, y muy cerca está la Pescheria, uno de los mercados más antiguos de Europa.
Terminar la jornada en Rialto tiene premio: el privilegio del atardecer dorado diluyéndose en el agua infinita, una fotografía más que sumar a Nueva York y París, no por ese orden.
El acqua alta
De octubre a marzo, cuando los turistas desaparecen y por fin se puede callejear por Venecia, aparece de pronto el desastre que amenaza el futuro si no se pone remedio: el acqua alta. El agua que desde siempre le ha conferido belleza y riqueza viene a inundar el centro y a crear lagunas donde cuesta imaginar, Venecia se vuelve intransitable. Sólo las estrechas pasarelas tendidas entre calle y calle facilitan los pasos, y siempre que la inundación no sea como la de noviembre de 1966, la peor, de hasta casi dos metros de altura en varios puntos de la ciudad.
Hace dos años el Gobierno del entonces presidente Berlusconi aprobó un ambicioso proyecto para salvar Venecia, uno más, puede que el definitivo. Si falla, a saber. Consiste en establecer compuertas móviles bajo el agua en varios puntos estratégicos, permitiendo que un sistema hidráulico desaloje agua de la laguna al Adriático. No es sencillo porque la laguna de Venecia tiene 118 islas y casi 170 canales. Cada década la ciudad se hunde más y más, y para el año 2100 se espera que lo haga más de medio metro.
La elevación del nivel del mar por el efecto del calentamiento terrestre, los millares de maderos que sostienen palacios, conventos, casas e iglesias, y hasta el oleaje de los barcos turísticos merman poco a poco la salud de Venecia.
Es triste cruzar la Plaza de San Marcos sobre pasarelas, pero más sería perder Venecia.
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Guía práctica
| Cómo
llegar |
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Desde Madrid y Barcelona hay vuelos diarios al aeropuerto Marco Polo. Desde éste se puede tomar un barco que lleva directamente a la Plaza de San Marcos, o bien tomar un ‘vaporetto’ desde la cercana estación de tren, en la plaza Roma. |
| Alojamiento |
En las zonas periféricas hay hoteles muy económicos pero no muy recomendables. En el Gran Canal se encuentran numerosos hoteles, algunos en palacios rehabilitados. Lo mejor es reservar a través de una agencia o en la web: www.veniceinfo.it. Para los que quieran darse un homenaje, ahí van tres sugerencias:
Hotel Luna Baglioni. Es el más antiguo, de aire aristocrático. Está a unos pocos pasos de la Plaza de San Marcos y con vistas a la Isla de Sant Giorgio. Unos 485€ la habitación doble por día. www.baglionihotels.com
Hotel Danieli. El clásico. Un elegantísimo palacio donde Wagner y Balzac pudieron crear a sus anchas. Frente a la laguna, a unos pocos pasos de la Plaza de San Marcos. A partir de 580€. Riva degli Schiavoni, 4196. www.luxurycollection.com/danieli
Hotel Cipriani. Exquisito, intimista. Medio siglo de vida y ya ha acogido a todo tipo de personajes, de George Clooney a Jimmy Carter. Bastante caro: la habitación doble, unos 800€. Giudecca, 10. www.hotelcipriani.it |
| Direcciones
de interés |
- Embajada de Italia en España: C/ Lagasca, 98. Tf: 91 423 33 00.
En Internet: www.turismovenezia.it y www.veniceinfo.it.
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