SabanaEl observador que sabe interrogar al mundo encuentra en Venezuela la lánguida explicación de la existencia. Y lo hace en la Gran Sabana, en el Estado de Bolívar, "porque así es de maravillosamente dinámica la fantasía del hombre, eterno manantial de sus alegrías y dolores", nos dejó Von Humboldt en su libro-biblia sobre la naturaleza del país. La Gran Sabana abarca un área aproximada a los 18.000 metros cuadrados, y la ocupa por entero el llamado escudo guayanés, con formaciones únicas, bellezones arquitectónicos naturales y almas más puras que el mismo sol que aquí casi nos roza.

Guillermo Piernavieja

Con el amigo de Alitour Alejandro como faro, pozo de sabiduría en alma indómita, la misma imagen del aventurero erudito, partiendo de la Caracas de Von Humboldt un viaje impensable, más allá del Orinoco, guía a todo lo ancho de la Gran Sabana hasta la frontera con Brasil. El vuelo de una hora de la capital a Puerto Ordaz permite disfrutar del teatro que ofrecen en la lejanía cirros en juego, sobrevolar el eterno verde selvático y las kilométricas playas que sólo en algunos tramos se interrumpen para dejar paso a inmensos ríos que escupen sus aguas al Caribe. De Puerto Ordaz, por carretera de cientos de kilómetros sin curvas y atravesando pueblos tan cantarines como Guasipati, Tumeremo, El Dorado y Las Claritas, se llega a la Piedra de la Virgen, la entrada al Parque Nacional de Canaima, puerta de acceso a la Gran Sabana.

Ciudad Bolivar
Ciudad Bolívar

La Gran Sabana semejaría desde el aire un ancho antebrazo repleto de venas que aparecen cuando y donde les viene en gana: son el río Caroní y sus múltiples afluentes. Esta tierra es franqueza, júbilo solar, ingenuidad y corazón. Aquí la vida es tan perra que siempre hace perder a los mejores, que también son los más débiles. Todos pobres, todos vivos.

La dermis de la Gran Sabana alterna en su castellana anchura vacío, clorofílicos márgenes de selva, llanura cegadora y los tepuis, o tepuyes, la nunca marchita formación anterior al mismo Tiempo, solitarios, erectas protuberancias de la Tierra. En la distancia parecen montañas planas en su cima, y nada más lejos de la realidad. Tepui significa cerro en pemón y, según estos indios, cada tepui tiene su leyenda. Y su fauna y flora endémica, que por algo se sitúan entre las formaciones más antiguas del planeta.

Roraima es el jefe -significa 'madre de todas las aguas'-, ya no por más alto (más de 2.800 metros) sino por mítico. Hasta él llegan montañeros de todo el mundo, incluidos tres españoles que pueden tener, si quieren, el récord en bajada y ascensión. Roraima es la extraña criatura que esconde especies más raras que las halladas hace unos meses en Papúa Nueva Guinea. Roraima, que parece imantar nubes perpetuas, no se pudrirá como el barco de Cousteau en la costa francesa.

Las Claritas, camino de la Gran Sabana

Roraima es sólo espejo de la inaccesibilidad que la Gran Sabana ha opuesto al hombre a lo largo de los siglos. Los continuos saltos de agua que parece vomitar la tierra se hallan aquí tan fácilmente como lo es encontrar a los ancianos al sol de la mañana. Aquí no se sabe qué turba más, si el solemne silencio de la amplitud, la bestial vida vegetal o el teñido paisaje abrazado por el cielo austral.

De Kavanayen a Santa Elena de Uairén

Una vez en Canaima se llega a Kavanayen, pueblo de indígenas pemones que luchan por progresar sin perder su inocencia. Aquí está la misión en la que topé con un hombre de esos pocos ante los que uno debe descubrirse: el padre José Antonio. Religioso, nacido en Cantabria, tiene 75 años y se ha tirado cuarenta de ellos en el Delta del Orinoco, una zona del continente sólo para tipos bien embraguetados, como dirían los venezolanos. Aquí lleva otros seis años, y admite desde su sonrisa paternal que hay que tener mucha fe y ser hombre fuerte para aguantar tanta penuria.

En Kavanayen, mientras los niños acuden a la escuela, hombres y mujeres pemones machete en mano y guayare a la espalda se afanan desde el amanecer en el cuidado del conuco, el claro que despejan en plena selva para plantar yuca, la base de su alimentación. Aunque la vida discurre serena, no tiene por qué ser fácil. En Kavanayen se ha montado la primera cooperativa indígena del país, con trece guías que se turnan en la hermosa tarea de enseñar a los turistas su reducto. Uno de ellos, Eusebio, nos guió en ruta de musical nombre, 'El balcón de las aguas', con una cascada permanente, por una ladera interminable cuando más tarde hay que abordarla para volver, que conduce a un pequeño río -el Pakaerao- y a un pedazo de selva hasta un conuco. Embelesa el paisaje, pero porque lo atempera la conversación del pemón.

Partiendo de Kavanayen, una de las excursiones imperdonables encamina a Iboribo y al Salto Aponwao, al que se llega en curiara. Hay sensaciones gratificantes en esta vida, y contemplar una cascada como la del Aponwao, de 105 metros, no se extraviará nunca de la memoria. El sonido es ensordecedor; en el aire hay tal cantidad de agua en suspensión que en unos segundos queda uno completamente calado. Un pichukak, que diría un pemón, un beso para el talento.

Salto Aponwao

En estas tierras de la Gran Sabana se entiende lo duros que debían ser los pobladores y expedicionarios que llegaron acá siglos atrás, los misioneros hace doscientos años, los naturalistas cargados de material, pero quedaron prendados de la sublimidad de los tepuis y saltos como Aponwao.

India PemonaPara el descanso, el pequeño campamento de Chivaton es bienhechor y grato para transcribir las notas tomadas raudo a lo largo del día. Se come o se desayuna en un amplísimo comedor sin ventanas en el que hay que tener sumo cuidado porque los loros campan a sus anchas y, una de dos, o piden comida, o se acercan y nos la quitan. Un pequeño río y algunas orquídeas completan el recogimiento.

El día nuevo, pleno de sol punzante, trae rebosantes los rápidos que a ambos lados de la carretera cortan de pronto el terreno. Los de Kamoirán son preciados para darse un baño, antes de que llegue la plaga de mosquitos; más allá, el Salto Kawi, y el Kawa, y la Quebrada Pacheco, y la Cortina, que vierte el Yuruaní. Se encuentra cerca de San Francisco, donde después de tanta agua recompone comer carne criolla con salsa kumache, de termitas, muy picante. Y no se come, pero sí se puede padecer, la hormiga llamada 'la veinticuatro'. Por dos razones: porque mide 24 milímetros y porque los efectos de su mordedura duran veinticuatro horas.

Y surge entre la espesura después de una caminata la Quebrada de Jaspe, uno de los lugares más fotografiados de todo lo que se denomina Canaima junto con Salto Angel. Su nombre procede de la piedra lisa de jaspe que hace de lecho del río, pulida millones de años por un agua que salta sobre ella produciendo un juego de coloraciones impensables, del anaranjado tibio al rojo puro moteado de mil negros y marrones. Un material semiprecioso como el jaspe en una quebrada rodeada de árboles infinitos no extraña que fuera declarado monumento natural.

Por fin a Santa Elena de Uairén, donde sitúa parte de su novela 'Los pasos perdidos' Alejo Carpentier y no le pasa desapercibida la brutalidad de la naturaleza. Casi en la frontera con Brasil, es una animadísima ciudad donde hay gran número de mineros brasileños y venezolanos buscadores de oro. Utilizan bombas de agua pero algunos también mercurio, con el peligro para su salud y para sus descendientes, que nacen con visibles malformaciones. De nuevo el desatino de la vida.

Indios pemones

Extremadamente tímidos, inocentes, educados y sanos de corazón, los pemones son indios de conocimiento provechoso. Se diferencian en taurepanes, kamarakotos y arekunas, y se deslizan a tal velocidad por la selva o la llanura que dan ganas de agacharse para comprobar que no llevan un motor en los pies. En la selva, los viejos les decían a los jóvenes que escupieran en las telarañas que entrelazan los árboles para ver cómo se pega el salivazo, para que vean cómo a ellos se les deben pegar sus enseñanzas.

Indio

Mantienen buena parte de sus costumbres y, desde luego, no van en taparrabos ni disparan con una cerbatana al turista despistado. Por eso hay gente, con cierto grado de ignorancia, que se desilusiona al ver que llevan una camiseta del Hard Rock Café, o que alguno de ellos tiene antena parabólica porque son auténticos apasionados del fútbol. Carecerán de muchas cosas, pero una televisión para ver ese deporte no puede faltar, extraña obsesión en un país donde el béisbol reina.

El resto sigue igual: los hay que aún habitan en malakas y churuatas, sus viviendas tradicionales, y su vida depende de la yuca, el tubérculo del que extraen el fermento para hacer cachiri, una fuerte bebida y, sobre todo, casabe. Esta es la base de la alimentación pemona, una especie de torta o pan que producen una vez rallada la yuca y extraído el jugo venenoso.

Los pemones cuentan hermosas historias, aunque tienen tintes bastante trágicos: Zororopán, el tepui cercano a Kavanayén, guarda la leyenda de Zororopaché. Dice que las jóvenes se miraban para ver cuál de ellas era la más guapa. Hubo una fiesta y una de ellas fue la elegida, pero rechazó a los más feos y ellos se ofendieron; con el tiempo se casó con un hombre -representado por la figura de un animal-, pero ella le era infiel. Todas las mañanas la muchacha se bañaba en el río y el marido sospechaba que allí le engañaba, así que envió a los pajarillos para espiar y éstos descubrieron que le era infiel con un animal acuático. El marido y los feos rechazados acordaron vengarse: al animal lo mataron en el acto y, aunque ella logró escapar hasta el río Caroní, la mataron. Y dice la leyenda que las partes genitales de los dos amantes se petrificaron y formaron el tepui Zororopán.

En Santa Elena de Uairén se yergue Villa Salvaje, un complejo de cabañas creadas por las manos de Vicky, una dama que llegó desde Chile hace casi treinta años con su familia camino de Estados Unidos, y se quedó. Villa Salvaje consiste en varias cabañas, con una decoración muy cuidada y vistas del pelaje de ver desde la cama cómo amanece sobre el valle. Multitud de pajarillos de vivos colores acuden a la terraza a dar los buenos días al viajero.

Lo más bello del lugar es Vicky, de irradiante sonrisa al proferir una de esas pocas frases que jamás expresan todo su sentido: "me ha costado muchos años ser libre".

Ciudad Bolívar

Un buen final para un viaje por la Gran Sabana puede terminar en la colonial Angostura, hoy rebautizada Ciudad Bolívar. Es el San Francisco latinoamericano en su centro histórico, todo cuestas, de calles en las que a uno y otro lado se aposentan casas coloridas que mantienen la tradición colonial con altísimas puertas y ventanas. Su antiguo nombre de Angostura se debe a que es el paso más estrecho del Orinoco, y eso que son 2 kilómetros de ancho.

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Fundada en 1764 como Santo Tomás de la Guayana de Angostura, la plaza principal se construyó siguiendo la línea tradicional de las ciudades coloniales, agrupando los tres poderes de entonces: militar, político y religioso. Por eso casi se tocan la Casa de los Gobernadores de Angostura, la Catedral y, más allá, la primera escuela.

En el aeropuerto Ciudad Bolívar hay una réplica del avión con el que Jimmy Angel se estrelló en el Auyantepui, donde brinca el tan fotografiado Salto Angel, la caída de agua más alta del mundo, con algo más de 1.000 metros. Jimmy Angel se afanaba en la desprendida tarea de buscar oro en lo alto del tepui; su varonil leyenda dice que descendió solo del tepui padeciendo tremendas penalidades, pero la realidad es que lo salvó un amigo francés, aunque con la ayuda de Félix Cardona Puig, un catalán que le indicó cuál era la mejor ruta para ascender. Ya se sabe que las historias, en más de dos bocas, se distorsionan hasta convertir en Cid al más medroso.

Quebrada de Jaspe

La última noche se descansa en la colonial Posada Angostura, elegante lugar de trato familiar en el que suelen coincidir guías que toman Ciudad Bolívar como eje para dirigir rutas de pequeños grupos. Es un gusto tomar una cerveza con ellos y escuchar sus historias, lo bajo que va el curso de tal río en un punto, batallas con los motores de los bangos en plena selva, indígenas que no se dejan ver… En la posada dejan en la habitación un jarro de agua filtrada, muy de agradecer junto al aire acondicionado en un lugar como Ciudad Bolívar donde, además de la elevada temperatura, hay una humedad relativa de más del 80%.

Más tarde, el abandono de estas tierras, más si quedan atrás amigos, encoge al más pintado. Pero la Gran Sabana espera pacientemente el próximo viaje.

"Creo que hay que viajar siempre, ponernos a prueba ante lo inesperado, ver y sentir sobre lo que hemos leído, sobre lo que nos han contado, sobre todo lo que hemos imaginado. Y luego escribirlo, para que otros sueñen, para mantener viva la ficción del existir y el anhelo de eternidad", dice Javier Reverte. Y así lo he hecho. Por eso uno vuelve cambiado de la Gran Sabana, porque una parte del ser late con los versos de estas llanuras, con los pemones, con Roraima al frente. ¡Qué gallarda es la luz de la vida a este lado de la Tierra!

Guía práctica
Villa Salvaje
Villa Salvaje
Desde España, varias aerolíneas tienen vuelos directos a Caracas. Una vez allí, no sólo para evitar complicaciones sino para que el viaje salga 'redondo', la mejor opción es ponerse en manos de Alitour (www.alitour.com). Ellos se encargan completamente de todo: traslados, alojamientos, guías indígenas… Nosotros sólo tenemos que poner nuestro cuerpo serrano.

Son asesores de viaje tan profesionales que, en función de las exigencias del viajero, ponen a su disposición el guía preciso: si amamos la naturaleza, nos acompañará un naturalista; si nos gusta el ejercicio, será un completo deportista el que nos dirigirá en bicicleta de montaña o haciendo 'body rafting'; o si preferimos inmiscuirnos en la vida de los indígenas, un etnólogo nos ilustrará pacientemente.

Para entrar al país los españoles sólo precisan el pasaporte en regla. La moneda venezolana es el bolívar (1€ = 2.150 bolívares). El Gobierno ha llevado tan lejos el control que sólo se puede pagar en moneda local, y la única solución para cambiar divisa es acudir a las escasas oficinas de cambio del centro de Caracas. Un ligero inconveniente para el viajero.

 

 
 

 

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